El Tesla plateado cortaba la oscuridad de la carretera de Montauk.
Atrás habían quedado los fuegos artificiales que estallaban sobre los Hamptons, la música de la orquesta y los ojos azules de Stefan brillando con odio puro detrás de una máscara blanca. Atrás había quedado el lujo asfixiante de la mansión.
Pero dentro del auto, el silencio era ensordecedor.
Ethan conducía con los nudillos blancos apretados sobre el volante, siguiendo las instrucciones secas del GPS que Luciana había programad