La mañana en Montauk se había vuelto agridulce en cuestión de minutos.
Ethan salió de la ducha con una toalla alrededor de la cintura, el vapor siguiéndolo hacia la habitación fría. Su mente seguía atrapada en el correo electrónico de "Propiedades V-Corp", calculando horas, centavos y posibilidades.
—Alguien está tocando el timbre de servicio —dijo Ethan, secándose el cabello con una mano, alerta.
Luciana, que ya estaba vestida con un suéter de cachemira grueso y unos jeans, sonrió desde el borde de la cama mientras revisaba su teléfono.
—Debe ser la señora Higgins. La llamé anoche desde el auto para que viniera a mantener el fuego y trajera víveres frescos.
Ethan se detuvo en seco, con la toalla en la mano.
—¿Llamaste a alguien para encender una chimenea? —preguntó, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y la irritación—. Luciana, yo podía hacerlo. Sé cómo usar leña y un fósforo.
—Lo sé, amor. Pero anoche no sabías ni dónde estaba la casa, mucho menos dónde está la leñera o c