Los días siguientes se convirtieron en una hemorragia lenta y silenciosa.
Martes. Miércoles. Jueves.
Para Ethan, el tiempo dejó de medirse en horas para medirse en correos electrónicos de rechazo y llamadas que nunca llegaban. Nueva York, la ciudad que supuestamente premiaba la ambición, parecía haber entrado en un coma selectivo cada vez que su nombre aparecía.
No era solo "Miller & Associates". Fueron tres bufetes más. Dos cancelaron la entrevista a última hora alegando "reestructuración interna" vaga y sospechosa. El tercero lo recibió, pero el socio ni siquiera se molestó en cerrar la puerta de su oficina, dedicándole cinco minutos para decirle que buscaban a alguien con un perfil "menos mediático".
Estaba aprendiendo la lección más dura del capitalismo de élite: no necesitas que el rey dé la orden de ejecución; basta con que el rey deje de sonreírte para que los cortesanos te apuñalen por si acaso, solo para ganar favores imaginarios.
Jueves por la tarde.
Ethan estaba sentado en