La Verdad de Eduardo
Luciana se miró en el espejo del baño por quinta vez en menos de una hora, sintiendo que su propio reflejo era el de una extraña. El corrector de ojeras apenas lograba disimular las huellas de dos noches en vela, dos noches en las que el silencio de su habitación se había llenado con el eco de los gritos de Ethan y el sonido de la puerta cerrándose tras él. Cada vez que cerraba los ojos, la escena se repetía en un bucle implacable, recordándole que su honestidad —o la falta de ella en el momento