Luciana se miró en el espejo del baño por quinta vez en menos de una hora, sintiendo que su propio reflejo era el de una extraña. El corrector de ojeras apenas lograba disimular las huellas de dos noches en vela, dos noches en las que el silencio de su habitación se había llenado con el eco de los gritos de Ethan y el sonido de la puerta cerrándose tras él. Cada vez que cerraba los ojos, la escena se repetía en un bucle implacable, recordándole que su honestidad —o la falta de ella en el momento adecuado— lo había destruido todo.
Había intentado llamarlo hasta el cansancio. Seis veces ayer, cuatro veces hoy. Cada intento moría en la frialdad de un buzón de voz que confirmaba la sentencia: Ethan no estaba ocupado; estaba arrancándola de su vida.
Y lo peor era que no podía culparlo. Ella misma se sentía una traidora cada vez que recordaba el hormigueo en sus labios tras el beso de Stefan.
Se alisó el vestido azul marino con manos temblorosas. Había elegido una prenda sencilla, de manga l