Subieron las escaleras en un silencio cargado de electricidad estática. Cada paso de Stefan detrás de ella se sentía como una advertencia. Al llegar al segundo piso, caminaron por el pasillo sumido en sombras hasta su habitación, al final del corredor.
Luciana abrió la puerta y Stefan se detuvo en el umbral, respetando ese último límite.
—Luciana, si esto te hace sentir incómoda...
—Todo sobre esta situación me hace sentir incómoda —lo interrumpió ella, entrando y dejando la puerta abierta; una invitación silenciosa, pero también una vía de escape—. Pero al menos aquí puedo respirar. Aquí no siento que mi abuelo me observa desde su retrato, juzgando la terrible decisión que estoy a punto de tomar.
Stefan entró con cautela. Sus ojos recorrieron el santuario de Luciana: el aroma a jazmín, los libros en la mesa de noche, la suavidad de las sábanas. Era un espacio privado que nunca había osado imaginar.
Luciana se sentó en el borde de la cama. Sus manos, entrelazadas con fuerza en su regaz