Stefan estaba terminando de cerrar la cremallera de su tercera maleta cuando su teléfono vibró sobre la cama deshecha. David Rothman, su abogado personal.
—David —contestó, alisando una camisa antes de guardarla—. ¿Todo listo con la transferencia?
—Confirmada esta mañana a las ocho en punto —respondió David con eficiencia—. Quinientos mil dólares depositados en la cuenta de María Sánchez. También envié una carta certificada confirmando que la transacción es un regalo voluntario y no implica ninguna obligación legal futura. Estás cubierto.
—Perfecto. —Stefan sintió que un nudo se aflojaba en su pecho—. Gracias por manejarlo tan rápido.
—Stefan... —David hizo una pausa, su tono volviéndose menos profesional y más preocupado—. ¿Estás seguro de que ir a Tokio es lo que quieres? Legalmente, tu abuelo no puede forzarte al exilio. Tienes acciones propias, tienes recursos...
—Quiero ir —lo interrumpió Stefan, aunque la mentira le supo a ceniza en la boca—. Necesito distancia. De todo. De todos