El Mercedes negro avanzaba en un silencio sepulcral, deslizándose como una sombra entre los rascacielos de Manhattan. En el asiento trasero, Luciana Sterling cerró los ojos, dejando que la cabeza cayera pesadamente contra el respaldo de cuero. La adrenalina que la había mantenido erguida durante tres horas en el campus se estaba evaporando, dejando un rastro helado de náuseas y un agotamiento que le calaba hasta los huesos.
A su lado, Liam Ashford la observaba con una mezcla de admiración y un reproche que no intentaba ocultar.
—Estás loca, Luciana. Tienes la piel transparente —dijo Liam, rompiendo el silencio—. Stefan me mataría si supiera que te dejé caminar esos trescientos metros sola. Parecías un fantasma vestida de Chanel.
Luciana soltó una risa seca, sin abrir los ojos.
—Stefan no está aquí, Liam. Y no estoy loca. Solo estoy reclamando lo que es mío antes de que el mundo decida que estoy muerta. Si me quedo en esa cama, los lobos olerán la sangre.
Jerome detuvo el auto frente a