El Mercedes negro avanzaba en un silencio sepulcral, deslizándose como una sombra entre los rascacielos de Manhattan. En el asiento trasero, Luciana Sterling cerró los ojos, dejando que la cabeza cayera pesadamente contra el respaldo de cuero. La adrenalina que la había mantenido erguida durante tres horas en el campus se estaba evaporando, dejando un rastro helado de náuseas y un agotamiento que le calaba hasta los huesos.
A su lado, Liam Ashford la observaba con una mezcla de admiración y un r