El amanecer en Columbia no trajo el alivio esperado para Ethan. El eco del "adiós, mi amor" y los reproches de Luciana sobre la soledad que él mismo había ayudado a construir le martilleaban las sienes. Apenas había dormido. Su mente era un bucle infinito de culpa y deseo reprimido.
Eran las diez de la mañana cuando el rumor empezó a correr por los pasillos de la facultad de Administración como un reguero de pólvora. Los estudiantes se detenían, murmuraban y abrían paso con una mezcla de respeto y morbo. Ethan estaba con Robbie, Freddy y Mia cerca de la fuente central cuando sintió un cambio en la electricidad del aire.
—No puede ser —murmuró Robbie—. Es una maldita suicida.
Ethan giró la cabeza y el corazón le dio un vuelco violento.
Allí estaba ella.
Luciana Sterling caminaba por el campus desafiando cualquier lógica médica. Lucía unos jeans ajustados que resaltaban sus piernas infinitas, tacones que repicaban contra el pavimento con una autoridad insultante y un blazer entallado que