El brillo de la pantalla del celular era la única fuente de luz en el penthouse de Seúl.
Día 76 de 120.
Stefan miró el número digital como si fuera una cuenta regresiva para una bomba nuclear. El Reto. Ese maldito juego que había iniciado como una apuesta arrogante para demostrar que podía lograr que Luciana lo amara, ahora se había convertido en su propia jaula de alta seguridad.
Sesenta y seis días.
Habían pasado más de dos meses desde el inicio. Según el plan original, a estas alturas debería tener a Luciana comiendo de su mano, debería haberla conquistado, debería haber ganado.
Pero la realidad era un apartamento frío a once mil kilómetros de distancia, un silencio digital que lo estaba volviendo loco y una cama vacía que se sentía demasiado grande.
Stefan bloqueó el teléfono y lo lanzó sobre el sofá de cuero negro. Se pasó las manos por el cabello, frustrado. Caminó hacia el ventanal de piso a techo. La ciudad de Seúl se extendía bajo sus pies, un mar de luces de neón y rascacielo