El beso se profundizó, devorando el aire y la razón, transformando la tensión acumulada de semanas en algo ardiente, necesario e inevitable.
Stefan levantó a Luciana en sus brazos sin romper el contacto de sus labios. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, los documentos de Thompson Corp y las laptops quedando olvidados sobre la mesa del comedor.
—Tu habitación —murmuró Stefan contra su boca, su voz ronca de urgencia—. Ahora.
Luciana lo guió entre besos ciegos hasta que llegaron a su dormitorio. Stefan cerró la puerta con el pie, el sonido seco del cerrojo resonando como una promesa: el mundo exterior, con sus Cross, sus Carlos y sus exilios, dejaba de existir en ese instante.
La dejó deslizarse lentamente por su cuerpo hasta que sus pies tocaron la alfombra, pero sus manos no le dieron tregua; encontraron el dobladillo de su suéter y se lo quitó en un movimiento fluido que dejó a Luciana expuesta y sin aliento.
—Esta vez tenemos toda la noche —dijo Stefan, sus labios traza