La mesa del comedor de la mansión Sterling parecía un campo de batalla después de un bombardeo.
Documentos esparcidos, laptops abiertas zumbando con el calor del procesamiento, tazas de café vacías acumulándose como cadáveres. Y en el centro de todo, Luciana Sterling, con los ojos ardiendo de cansancio pero la mandíbula apretada con una determinación absoluta.
Había cambiado su vestido arruinado por unos jeans y un suéter gris de cachemira. Con el cabello recogido en un moño desprolijo, parecía una estudiante preparándose para los exámenes finales, excepto que lo que estaba en juego no era una calificación, sino un imperio de cien años.
Stefan, Thomas y Liam ocupaban las sillas alrededor de la mesa. Llevaban camisas prestadas del guardarropa del difunto Eduardo Sterling, con las mangas enrolladas hasta los codos, listos para la guerra.
Eran las 2:00 AM.
—Aquí está —dijo Thomas, golpeando la pantalla de su laptop con el índice—. Thompson Corp. Tenía un flujo de caja positivo cuando Cros