El viernes era el viernes.
No por el día, sino por el ritual: la pasta que Freddy hacía mal a propósito —demasiado al dente, como si le molestara concederle una victoria a una receta—, el vino que Lilly elegía bien a propósito —como si el buen gusto fuera una forma de venganza contra la semana— y el comedor del ala lateral con sus tres sillas que no hacían juego porque nadie había tenido nunca una razón suficiente para cambiarlas.
Ese tipo de costumbre pequeña que empieza como “mientras tanto”