El segundo año fue el año en que el ático dejó de parecer perfecto y empezó a parecer verdadero.
No era que antes faltara lujo.
Faltaba otra cosa.
Durante mucho tiempo, el lugar había sido impecable del mismo modo en que lo son ciertas vitrinas caras: hermoso, silencioso, exacto… y apenas tocado. Seguía siendo elegante, sí. Seguía teniendo el mármol correcto, la luz correcta, los libros correctos, las líneas limpias. Pero ahora había algo más difícil de conseguir que todo eso.
Había vida.
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