Stefan entró a la mansión de su familia a las diez de la mañana del domingo, sintiendo que cada paso sobre el mármol del recibidor era un clavo más en el ataúd de su antigua vida. Sabía que había cruzado una línea de la que no había retorno.
No se había ido a Tokio.
Había perdido el vuelo del viernes por perseguir un fantasma, cayendo en la manipulación teatral de Sofía; había pasado la noche en los brazos de Luciana cuando debía estar a diez mil metros de altura sobre el Pacífico, y ahora, la r