El silencio en la mansión no era paz; era una sentencia de muerte ejecutada en cámara lenta.
Luciana estaba sentada en el suelo de su habitación, con la espalda apoyada contra el costado de la cama, en el mismo lugar donde cuarenta y ocho horas antes se había sentido la mujer más deseada y protegida del mundo. Ahora, ese espacio se sentía profanado. Llevaba horas mirando la pantalla de su teléfono, una superficie de cristal negro que reflejaba su propio rostro demacrado, debatiendo si tenía el derecho de marcar un solo número.
Era domingo por la tarde. Afuera, el cielo de Manhattan se teñía de un color violáceo. Su mente era una habitación de espejos rotos, un bucle infinito y tortuoso de las últimas veinticuatro horas. Veía una y otra vez la cara de Ethan. Aquellos ojos celestes, que durante años habían sido el único lugar donde ella no tenía que ser una Sterling, transformándose de la preocupación heroica a la destrucción absoluta.
"Espero que valga la pena".
Las últimas palabras de