El silencio en la mansión no era paz; era una sentencia de muerte ejecutada en cámara lenta.
Luciana estaba sentada en el suelo de su habitación, con la espalda apoyada contra el costado de la cama, en el mismo lugar donde cuarenta y ocho horas antes se había sentido la mujer más deseada y protegida del mundo. Ahora, ese espacio se sentía profanado. Llevaba horas mirando la pantalla de su teléfono, una superficie de cristal negro que reflejaba su propio rostro demacrado, debatiendo si tenía el d