Harold condujo con celeridad a través del laberinto de luces de Manhattan. Veinte minutos que para Stefan se dilataron como horas. Tenía la mandíbula tan apretada que un dolor sordo irradiaba hacia sus sienes. Cada semáforo en rojo era un insulto añadido a su orgullo, un recordatorio vulgar de que, por primera vez en mucho tiempo, algo no se movía al ritmo que él imponía.
Luciana Sterling había hecho lo impensable: lo había dejado solo frente a los Morrison, frente a Richard Vanderbilt, frente a