El ritmo cambió y la pista se llenó de un aire eléctrico. Ariadna, que siempre había mantenido la compostura en público, decidió por fin dejarse llevar. Mara no paraba de saltar y reír, arrastrándola hacia el centro, y ella, en lugar de resistirse, cerró los ojos y dejó que la música le atravesara la piel.
El cuerpo de Ariadna recordó lo que su mente había querido olvidar: cuando era niña tomaba clases de salsa, y nada la hacía más feliz que moverse al compás del tambor y el piano. La sangre ca