El taxi avanzaba por la ciudad como una cápsula de metal que aislaba a Ariadna de un mundo que parecía querer aplastarla. Miraba por la ventana, pero no veía las luces, solo veía el reflejo de la venda blanca en su nariz. Se sentía ridícula, herida y, sobre todo, traicionada. Cuando el coche finalmente se detuvo frente a la mansión de Dante, Ariadna sintió un escalofrío. Esa era la misma casa a la que él la había llevado primero, el lugar que ella había rechazado para ir a buscar refugio en los