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Ariadna no podía dormir. El dolor en su nariz era un latido constante que le recordaba el golpe de aquel hombre en la calle. Pero más que el dolor físico, lo que no la dejaba descansar era esa sensación de estar atrapada. Su propio apartamento era peligroso y la casa de su madre se sentía como una prisión de seda.

Cerca de las diez de la noche, el hambre y la sed la obligaron a salir de la habitación de huéspedes. Necesitaba un vaso de agua y, quizás, un poco de aire. Bajó las escaleras descalz
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