El aire afuera olía a humo y a tequila derramado. Ariadna salió del club tambaleándose, los tacones resonando contra el pavimento mojado. El mundo giraba un poco más rápido de lo que podía controlar.
—Maldición… —susurró, riéndose sin motivo.
El guardia del local se había ido a fumar y la calle se veía casi vacía. Un taxi pasó, pero no levantó la mano. Sacó el móvil del bolso y lo miró con los ojos entrecerrados. Las luces de la pantalla le dolieron como agujas.
—Llamar a Miles… —dijo, buscando