El coche se detuvo frente a la casa de su madre poco antes del mediodía.
Era una vivienda sencilla, de esas que no intentan impresionar a nadie: jardín pequeño, buganvilias trepando por la verja, las persianas a medio bajar. A Ariadna se le apretó el pecho apenas la vio. Ahí siempre había sido solo hija. Nunca una pieza dentro de un conflicto que no entendía del todo.
Dante apagó el motor, pero no abrió la puerta de inmediato.
El silencio entre ambos no era incómodo; era expectante. Ariadna des