Ariadna no durmió.
No fue por el dolor de la nariz ni por la incomodidad de la férula. Fue porque cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el peso del cuerpo de Dante demasiado cerca, su voz baja, la forma en que la había mirado como si estuviera decidiendo algo peligroso. Cuando la claridad del amanecer empezó a colarse por las cortinas, ya estaba despierta, mirando el techo, con la certeza de que no podía seguir ahí otro día más sin pensar.
Se levantó antes de que sonara cualquier alarma