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Ariadna dejó caer su bolso sobre la alfombra de la habitación de huéspedes. Se sentía como una extraña en la casa de su propia madre. El lugar olía a flores frescas y a un tipo de paz que ella ya no recordaba. Se sentó en la cama, con cuidado de no mover mucho la cabeza, porque cada vez que lo hacía, la nariz le daba un latigazo de dolor. La venda blanca se sentía pesada y le recordaba, segundo a segundo, el momento en que el puño de aquel tipo impactó contra su rostro.

Había pasado días ignora
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