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Dos semanas habían pasado desde aquella noche bajo las estrellas. El tiempo se había vuelto un torbellino de encajes, sedas y decisiones administrativas. El vestido de novia, una obra maestra diseñada a su medida, descansaba en el vestidor, cubierto por una funda de seda como un secreto a punto de ser revelado. Ariadna ya no era una invitada en la mansión; se había mudado definitivamente, y su presencia se sentía en cada rincón: desde las peonías frescas que adornaban el recibidor hasta la sutil