La mansión se alzaba en la penumbra de la noche neoyorquina como un monumento al poder y al aislamiento. Cuando el coche de Iván se detuvo frente a la escalinata de mármol, Ariadna sintió que sus piernas apenas podían sostenerla. La confrontación con sus padres la había dejado vacía, con el alma deshilachada y los ojos irritados de tanto llorar. El silencio del vehículo, roto solo por el motor, era un preludio de la soledad que sentía.
Al cruzar el umbral, el calor del recibidor la envolvió, pe