Ariadna no pegó el ojo en toda la noche. El eco de las palabras de Akira retumbaba en su cabeza como un martillo incesante que golpeaba contra el cristal de su cordura. «Dante literalmente le ganó logrando casarse contigo». Se sentía como un trofeo de caza, una pieza de oro que dos hombres poderosos se habían disputado solo por el placer de humillar al rival. La oscuridad de la habitación principal, esa que compartía con el hombre que decía querer protegerla, se sentía más densa que nunca. El a