La mañana siguiente se filtró por las pesadas cortinas de la habitación con una frialdad que calaba los huesos. Ariadna bajó a desayunar, con el cuerpo sintiéndose como si hubiera sido apaleado durante la noche. El comedor, bañado en una luz matutina que acentuaba el brillo de la plata y el cristal, se sentía más como una sala de interrogatorios que como el corazón de un hogar.
Su padre, Arthur, estaba terminando su café en silencio, concentrado en unos documentos. Al verla entrar, apenas levan