La mañana siguiente no trajo consuelo, solo más recordatorios de la jaula de oro en la que Ariadna se encontraba atrapada. El sol entraba con una claridad hiriente, iluminando cada rincón de la lujosa habitación. Ariadna se sentía agotada, como si hubiera corrido un maratón mientras dormía. Sus músculos protestaban y su estómago seguía enviando señales de náuseas ante la sola idea de ingerir alimento sólido.
Cerca de las diez de la mañana, la puerta se abrió. Elena entró seguida de un hombre de