Ariadna terminó de comer en silencio. No tenía mucha hambre, pero sabía que necesitaba el analgésico. El cansancio le pesaba en los hombros. La casa era demasiado grande para sentirse cómoda.
Dante estaba de pie cerca de una puerta lateral, hablando por teléfono en voz baja. No parecía una conversación tranquila. Su espalda estaba rígida.
—No. Ya te dije que no —dijo—. Esta vez no.
Colgó sin despedirse.
Luego volteó hacia ella.
—Voy a salir un rato —dijo—. Hay cosas que tengo que resolver en pe