La mansión estaba sumergida en un silencio que solo el dinero puede comprar. Ariadna se había cambiado por un conjunto de algodón gris que le habían dejado sobre la cama; era cómodo, sencillo y olía a suavidad. Bajó las escaleras con paso lento, sintiendo el frío del suelo de madera bajo sus pies.
Odiaba que esas muejres tuvieran razón. Odiaba sentirse al menos frente a los lujos de Dante. Odiaba no ser suficiente. Su padre tenia tanto dinero que no supo administrar ni mucho menos compartir con