El coche dejó la autopista y tomó un camino largo, oscuro, bordeado de árboles altos. Ariadna se mantenía en silencio, con la frente apoyada en el vidrio. Ya no preguntó nada más. Estaba cansada. Demasiado.
Después de varios minutos, unas rejas negras aparecieron al fondo del camino. El coche redujo la velocidad. Las puertas se abrieron de forma automática.
Ariadna se enderezó en el asiento.
—¿Esto es… tu casa real?
—Sí —respondió Dante.
El coche avanzó entre jardines amplios. Una mansión blanc