El coche avanzaba por una avenida secundaria.
Ariadna seguía con la frente apoyada en el vidrio. La respiración aún no se le había normalizado. El cuerpo le temblaba más por lo que acababa de pasar que por el frío.
Dante manejaba con una mano firme sobre el volante. La otra descansaba tensa sobre su muslo. No había música. Solo el ruido del motor y de la ciudad filtrándose por las ventanas.
—Pensé que me iban a agarrar —dijo ella otra vez, más bajo.
—No iba a pasar —respondió él.
—Eso dijiste…