Ariadna estaba todavía apoyada en la mesa, procesando todo lo que Akira había dicho, cuando el celular vibró.
Vio el nombre en la pantalla:
Mara.
Sintió un pequeño nudo en el estómago.
No sabía qué decirle.
No podía contar la verdad.
Respondió.
—¿Hola?
La voz de Mara salió rápido, apurada, como si estuviera caminando mientras hablaba.
—¡Ari! Te llamé ayer y no contestaste. Te escribí anoche y tampoco… Me preocupé. ¿Estás bien?
Ariadna respiró hondo.
—Sí, sí. Estoy bien —mintió—. Solo… he estado