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Elena se irguió frente a la puerta al escuchar los pasos que resonaban en el pasillo de la clínica. No tuvo que adivinar quién era; ese caminar seguro, pesado y carente de cualquier prisa solo podía ser de él. Era un sonido que ella había aprendido a temer y a obedecer durante décadas. La puerta se abrió sin que nadie llamara, de par en par, dejando entrar el aire frío del corredor.

Arthur entró con la frialdad de quien revisa una inversión que finalmente empieza a dar frutos. Vestía un abrigo
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