Ariadna se quedó mirando el techo blanco, tratando de asimilar lo poco que sabía. Su madre se había ido hace un rato a buscar a los médicos, o eso creía ella, porque el tiempo se sentía como una masa pegajosa que no avanzaba. Se sentía agotada, así que cerró los ojos un momento, quedándose en ese estado donde escuchas todo pero no tienes fuerzas para moverte.
Dos enfermeras entraron a la habitación hablando en voz baja, convencidas de que Ariadna seguía profundamente dormida por la medicación.