Elena miraba fijamente la pared de la clínica, pero sus ojos no veían el papel tapiz pálido ni los modernos equipos que pitaban con una regularidad desesperante. Estaba atrapada. Su mente la había arrastrado de vuelta a aquella tarde en la mansión, el día en que su mundo, y el de su hija, se hizo pedazos. Por mucho que Arthur quisiera borrar el pasado con sus amenazas y sus cheques, Elena lo tenía grabado a fuego en la memoria. No importaba cuántas pastillas tomara para dormir; el recuerdo siem