El aire en el estrecho pasillo detrás de la cortina de cuentas se volvió gélido. La voz de Rojas, confirmando que las tenían vigiladas, resonó como una sentencia. Antes de que Luna, Elena o DJ pudieran reaccionar, la puerta de la habitación El Espejo se abrió de golpe.
Rojas estaba allí, pero ya no hablaba por teléfono. En su mano, sostenida con la práctica de quien está acostumbrado, brillaba el cañón corto de una pistola. Una sonrisa desagradable le retorcía los labios.
—Puntuales. Al jefe no