Un mes había pasado desde la fiesta. Un mes de investigaciones fantasmas, de comunicarse a través de teléfonos desechables, de reunirse en cafeterías anónimas. La sombra del auto oscuro, aunque no siempre visible, era una presencia constante. Habían aprendido a moverse como espectros en su propia ciudad.Fue en una de esas mañanas grises del Distrito Sur cuando Luna regresó a la panadería después de llevar a Clara al médico. La escena le cortó la respiración.La puerta principal, con su campanilla familiar, estaba fracturada, el marco partido. Dentro, el caos reinaba. Harina cubría el suelo como nieve sucia, los cajones de la caja registradora yacían vacíos y volcados, las estanterías de provisiones habían sido barridas. No era un robo común; era una búsqueda metódica y violenta.—¡Tía Clara! —gritó, el corazón encogido.—¡Aquí, niña, aquí! —La voz de su tía, temblorosa, llegó desde la trastienda. Estaba ilesa, abrazándose a sí misma, rodeada de papeles esparcidos—. Vinieron de madrug
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