El Jardín de los Socios estaba irreconocible, y a la vez, era más él mismo que nunca. Bajo la suave luz de una tarde primaveral, el aire olía a tierra húmeda, a jazmín en flor y a la dulce promesa de nuevos comienzos. Los antiguos árboles, testigos mudos de traiciones y juramentos, habían sido adornados con guirnaldas de flores blancas y amarillas que colgaban como cascadas de esperanza. Sillas de mimbre sencillas, cubiertas con cojines de lino crudo, formaban un semicírculo frente a un pequeño