La misma sala del Tribunal Superior, dos semanas después, había recuperado su aire de solemnidad final. No había multitudes bulliciosas; la galería estaba llena, pero con un público más reducido y solemne: familiares de las víctimas, algunos periodistas serios, y las figuras clave que habían llevado el caso hasta allí. El ambiente ya no era de tensión agónica, sino de la pesada expectativa de un cierre. En el estrado, el juez revisaba sus notas con lentitud. En el banquillo, Javier Castellanos