La luz del atardecer bañaba la terraza de la casa de la Avenida de los Jardines, pintando las macetas con geranios de un color dorado y cálido. Luna y Mateo estaban sentados en dos sillones de mimbre, una manta compartida sobre sus rodillas, no por frío, sino por la costumbre reconfortante de la cercanía. Entre ellos, sobre una mesita de hierro forjado, descansaban dos tazas de café vacías y una carpeta abierta con planes y bocetos. Había una calma diferente en el aire, una quietud que no era a