El universo se redujo al estruendo ensordecedor de los disparos, al estallido del cristal y al olor agrio a pólvora y miedo. Dentro del auto acribillado, el tiempo se fracturó en segundos eternos. Luna y Elena, agachadas en los asientos traseros, escuchaban cómo las balas perforaban el metal con impactos secos y violentos. Cada golpe era un latido de muerte. El parabrisas era una telaraña de grietas blancas, y la ventanilla del lado del conductor estaba hecha añicos.
—¡No salgan! —gritó Diego J