El bosque en las laderas más altas del Valle del Café era un mundo aparte. El aire era más frío, cargado con el olor a tierra húmeda, musgo y pino. No había senderos marcados; Luna guiaba a Mateo por instinto, siguiendo el recuerdo nebuloso de las palabras de su madre: "donde solo se escucha el viento y el canto de los pájaros del Valle". Después de horas de caminar entre la maleza, encontraron una pequeña meseta oculta. Y allí, medio devorada por la enredadera y el tiempo, estaba la cabaña.
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