El aire dentro de la mina era pesado, frío y olía a tierra mojada, óxido y algo más: el moho del abandono absoluto. Los haces de sus linternas cortaban la oscuridad, revelando un túnel descendente reforzado con vigas de madera que gemían bajo el peso de los siglos. Herramientas oxidadas—picos, palas—yacían abandonadas como huesos de un animal prehistórico. En las paredes, grafitis modernos se superponían a marcas de pico de hace décadas.
—Mira —susurró Mateo, iluminando el suelo. Huellas recien