El almacén olía a salitre, aceite rancio y miedo. La capucha fue arrancada bruscamente de la cabeza de Miguel, dejándolo cegado por un foco desnudo que colgaba del techo alto y lleno de telarañas. Ante él, recortadas contra la penumbra, estaban las figuras de Diego Márquez y Javier Castellanos. No parecían enfadados; parecían… satisfechos.
—Bienvenido a la familia, de verdad —dijo Javier, con una sonrisa fría—. Aunque con métodos un poco bruscos, lo admito.
Miguel escupió un regusto a sangre. —