El silencio que dejó Javier fue breve. La puerta se abrió de nuevo, pero esta vez no entró solo. Renato empujó a un Mateo tambaleante al interior de la habitación. Lo habían esposado con las manos a la espalda, el rostro ensangrentado por el corte en la ceja y el labio partido. Al ver a Luna, intacta pero atada, una mezcla de alivio y rabia absoluta cruzó su mirada.
—¡Luna! —logró gritar, antes de que Renato lo forzara a arrodillarse en el suelo frío, a pocos metros de ella.
—Qué tierno reencue