La habitación no era un sótano. Era un cubículo de oficina minera reformado, en las entrañas de La Desesperanza. Las paredes de ladrillo visto estaban húmedas, y un único foco colgaba del techo, lanzando una luz amarillenta y parpadeante que hacía bailar las sombras. Luna estaba sentada en una silla metálica, fría contra su piel. Las esposas acolchadas habían sido reemplazadas por bridas de plástico que le cortaban la circulación en las muñecas y los tobillos, atadas a la estructura de la silla