La noche en la celda era un pozo sin fondo. El único foco, ahora apagado, había dejado a Luna en una oscuridad absoluta, rota solo por el tenue resplandor que se filtraba por el marco de la puerta. El dolor en su mejilla latía al compás de sus pensamientos, un martilleo constante de terror y rabia. El frasco ámbar de Javier flotaba en su mente, un pequeño sol negro de veneno.
La puerta se abrió de nuevo, arrojando un haz de luz de antorcha que la cegó momentáneamente. Javier entró solo, siluete