El Gran Salón del Palacio Real de Aethelgar resplandecía con una magnificencia cegadora. Miles de cristales tallados pendían del techo, reflejando la luz de innumerables velas que iluminaban los intrincados frescos dorados. El ambiente estaba impregnado del aroma a perfumes caros, licores selectos y el murmullo constante de la alta sociedad. La música del arpa y los violines flotaba en el aire, dictando el compás aristocrático de una noche diseñada para exhibir el poder de la corona. Para la fa