El sol de la tarde se filtraba con suavidad a través de los altos ventanales de la residencia de los Blackwood en la capital. Los días posteriores al banquete real habían traído consigo un ajetreo constante, pero dentro de los salones familiares, la atmósfera profesaba el porte firme y templado del Norte. Mientras la servidumbre se movía con discreción de un lado a otro, ordenando los lujosos tapices y preparando los carruajes, las dos hermanas Blackwood experimentaban la estancia en el Sur des